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“¡Es la corrupción, estúpido!”

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“¡Es la corrupción, estúpido!”

James Carville, asesor de Bill Clinton en la campaña que lo llevó a la presidencia en 1992, tal vez no tenía ni la menor idea de que su frase permanecería en el imaginario colectivo mundial, incluso más de lo que permaneció Clinton en la Casa Blanca.

En todo caso, no queremos hablar de Carville, ni de Clinton, ni de Estados Unidos, pero sí de otro país “potencia”: Brasil, que por tercera vez desde que Dilma Rousseff fue reelecta para un segundo mandato el pasado 26 de octubre de 2014, se ha visto repleto en sus calles de multitudes que piden la dimisión de la presidenta socialista por varios casos de corrupción en los que está -aparentemente- involucrada.

Corrupción y economía (Sí, Calville tenía razón) son los dos factores que presionan a diario a Rousseff. Y a Lula. Y al Partido de los Trabajadores (PT). Esto ha llevado a Dilma a ostentar un 8% de aprobación, según las últimas encuestas. Aún así, la mayoría de los brasileños quisiera que la Presidenta dimitiera, pero no están seguros de que el vicepresidente, Michel Temer, o la oposición liderada por el Senador Aécio Neves, del Partido Social Demócrata Brasileño (PSDB) puedan hacerlo mucho mejor. Queda entonces una única “esperanza” en la población: “Que intervenga el ejército”. ¿Qué le hace pensar a las sociedades políticamente frustradas y desesperanzadas que una salida militar puede ser la más beneficiosa? Es una duda razonable.

Miles de personas (hay quienes dicen que más del millón y medio) colmaron la gran Avenida Paulista de Sao Paulo, según información de Datafolha, mientras que otras miles se congregaron en distintas ciudades de los 26 estados brasileños, pidiendo al dimisión de Rousseff, la salida del Gobierno de su partido y la privatización de los organismos públicos como Petrobras, cuna del escándalo de corrupción más grave que ha vivido Brasil en los últimos años. Otro epicentro de la protesta era la defensa del joven juez federal Sergio Moro, quien con 42 años ha hecho frente estoicamente contra la corrupción en Petrobras, que salpica a Rousseff por haber sido  presidenta del Consejo de Administración de la petrolera cuando se iniciaron los desvíos que, aparentemente, funcionaron mediante el amaño de contratos públicos con sobornos pagados a empresarios y políticos.

Con una inflación acumulada del 9% asfixiando a los brasileños, el desempleo al alza y una leve recesión económica ya consolidada, Rousseff ha perdido a día de hoy el control de la agenda política al tener en su contra a un Congreso liderado por Eduardo Cunha, que considera culpable al Gobierno de que su nombre esté en la lista de los sospechosos de haber participado en el caso Petrobras.

“¡Es la corrupción, estúpido!” parece ser el mensaje que nos envían las sociedades actuales: Brasil, Venezuela, España, Argentina, son algunos de los países cuyos mandatarios se han visto recientemente involucrados en escándalos de corrupción. ¿Qué hacer al respecto? Más control a las instituciones, más funcionarios vigilados, más Open Government, más rendición de cuentas. Y más mano dura. Que los Gobernantes entiendan que son servidores públicos, que son empleados de los ciudadanos y no dueños de su destino, su dinero y su esperanza.

larraiz
larraiz

Un pensamiento en ““¡Es la corrupción, estúpido!”

Lula: causa y consecuencia | LaEstrategiComEscrito en  11:49 am - Abr 20, 2016

[…] no precisamente por razones deportivas. Sino por quienes se han tomado el Gobierno como deporte, la corrupción como balón y el cinismo como […]

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